La pandemia de COVID-19 transformó radicalmente la percepción pública sobre las vacunas. En menos de un año, la ciencia fue capaz de entregar una solución rápida a escala global que salvó millones de vidas. Por décadas fue objeto de controversia, convirtiéndose, de manera inesperada, en una forma de esperanza. Hoy, esa misma dependencia tecnológica se perfila como una herramienta aún más ambiciosa: la lucha contra el cáncer. Y lejos de ser una debilidad, esa dependencia representa una vía potente para reconfigurar el futuro de la medicina.
Las vacunas, tradicionalmente preventivas, han evolucionado hacia un nuevo modelo terapéutico, impulsado por tecnologías que apenas comenzaban a consolidarse cuando el mundo enfrentó la amenaza del SARS-CoV-2. El ARN mensajero (ARNm), piedra angular de las vacunas contra la covid, demostró su versatilidad al permitir modificaciones rápidas ante variantes del virus. Ahora, esta capacidad de adaptación se pone al servicio de otra epidemia silenciosa: el cáncer, cuya incidencia global podría aumentar un 47 % en las próximas dos décadas, según la Organización Panamericana de la Salud.
Vacunación para el mundo
Lo esencial no es la vacuna en sí, sino lo que representa: una estrategia de defensa dinámica. En lugar de introducir directamente un antígeno al organismo, la tecnología de ARNm introduce instrucciones genéticas temporales, como un plano molecular, que enseña al cuerpo a detectar y combatir células anómalas.
“Es como entrenar a un sabueso: le das una muestra y aprende a olfatear el peligro”.
Describe el oncólogo Lennard Lee, quien lidera este proyecto en el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS).

Lejos de la imagen tradicional de una inyección genérica para masas, las nuevas vacunas oncológicas se diseñan de manera individualizada. A partir de una muestra tumoral se secuencia el genoma del cáncer y, mediante inteligencia artificial, se identifican las mutaciones específicas que el sistema inmunológico del paciente puede reconocer. Con esa información se fabrica una dosis única y personal. Se trata de una medicina de precisión, moldeada no por la estadística, sino por la singularidad genética de cada organismo.
El Reino Unido, a través de acuerdos con BioNTech y Moderna, lidera una red de ensayos clínicos en más de 25 países. España, con centros en ciudades como Madrid, Barcelona, Málaga y Valencia, participa activamente en este esfuerzo internacional que podría culminar en la aprobación de las primeras vacunas terapéuticas contra el cáncer en 2025 o 2026.
Pero la carrera por la inmunidad oncológica es global. Rusia, a través del Centro Gamaleya —creador de la vacuna Sputnik V— ha desarrollado una vacuna personalizada contra el cáncer que, según la agencia Sputnik, podría estar disponible antes de que finalice 2025. Utiliza ARN mensajero modificado por inteligencia artificial, capaz de reprogramar las células malignas para que produzcan proteínas reconocibles por el sistema inmunitario. En pruebas preclínicas con roedores, más del 80 % experimentó una reducción tumoral significativa. El costo estimado ronda los 3.000 dólares, aunque ciertos centros ofrecerían el tratamiento gratuitamente.
Avances clave en la evolución de las vacunas personalizadas
La inteligencia artificial, en efecto, se convierte en el eje transversal de esta nueva inmunología. Algoritmos capaces de procesar miles de millones de imágenes tumorales identifican patrones invisibles para el ojo humano y aceleran la selección de neoantígenos relevantes. En el Congreso Europeo de Oncología Médica de 2024, se confirmó que esta tecnología no solo mejora la eficacia del tratamiento, sino que también abre la puerta a conservar órganos afectados, al evitar cirugías invasivas en ciertos tipos de cáncer.
El impacto tangible ya comienza a medirse. En ensayos clínicos con pacientes de melanoma metastásico, la vacuna mRNA-4157 de Moderna y Merck, combinada con inmunoterapia, redujo la progresión de la enfermedad del 40 % al 22 % en dos años. BioNTech, por su parte, avanza con la BNT116 para cáncer de pulmón, mientras investiga formulaciones para páncreas, colon y próstata. La lógica es clara: cuanto antes se detecte el tumor y se diseñe la vacuna, mayores las probabilidades de prevenir una recaída.
Aunque el futuro es prometedor, los desafíos persisten. La producción personalizada exige infraestructuras robustas para la secuenciación genética y la logística biomédica. También están por definirse los precios de mercado y los modelos de acceso, en un contexto donde la equidad sanitaria será tan crucial como la innovación.
La aparente “dependencia” de las vacunas, más que una fragilidad, se revela como una nueva forma de fortaleza social. Un reflejo de cómo el conocimiento compartido, la inversión pública y privada, y la tecnología convergen para rediseñar la medicina del siglo XXI. Lejos de la lógica de sustitución, estas vacunas no reemplazarán tratamientos tradicionales como la quimioterapia o la cirugía. Pero sí inauguran una era en la que la inmunidad personalizada puede ser la primera línea de defensa, no solo contra virus, sino contra nuestras enfermedades más temidas.
Fabricio Rullier

